Odio il capodanno

Transcurridas un par de semanas, ya, desde los festejos de la nochevieja retomo un texto de Antonio Gramsci que publicó el 1 de enero de 1916 en un periódico de Turín, y pese a que han pasado 101 años, en mi opinión, las palabras del filósofo y político italiano siguen teniendo plena vigencia

“Cada mañana, cuando me despierto otra vez bajo el manto del cielo, siento que es para mí año nuevo. De ahí que odie esos año-nuevos de fecha fija que convierten la vida y el espíritu humano en un asunto comercial con sus consumos y su balance y previsión de gastos e ingresos de la vieja y nueva gestión”.

En estos dieciséis días que llevamos consumidos del año nuevo ya se percibe con claridad y, por supuesto, con dureza una realidad que oculta durante el tiempo que duraron las luces de neón, las serpentinas y confetis, y la sonrisa edulcorada de todo tipo de vendedores que mientras te deseaban feliz año te clavaban el puñal por la espalda, la ciudadanía vuelve a ser consciente de una realidad que habían procurado olvidar.

Miles, o cientos de miles de personas de todo origen y condición y de las edades más dispares, caminaron, por las ciudades de este país, y de tantos otros, obsesionadas con adquirir el regalo o probar las viandas y bebidas que les diese la felicidad, aunque fuese solamente durante un momento fugaz y apenas aprehendido.

Las grandes, las pequeñas y medianas superficies que en el mes de noviembre ya te felicitaban la navidad pusieron tanto imaginación como mentira para que en los bolsillos de los consumidores no quedase ni un céntimo de euro. El consumismo llevado a su máximo esplendor y la alegría por decreto que, como no es tal, deja un regusto amargo lleno de tristeza y melancolía.

Porque a las comidas pantagruélicas y las bebidas para apurar hasta la última gota, al gasto en ropa y en regalos sin ningún tipo de exclusión, que definen esas jornadas siguieron estos días que encuentran hoy más desazón que contento, menos dicha que amargura, y sobre todo confirman que no existe un nuevo año, que los próximos 365 días repetirán de manera rutinaria los pasados y como, dramáticamente, lo harán los por venir.

Por eso al igual que a Gramsci, y a muchas otras personas, no me gustan estas fiestas y no me fío de los buenos propósitos que se hacen por navidad o “il capodanno”, es a lo largo de todo el año cuando la fraternidad debe de consagrarse, cuando los principios éticos o morales deben de imponerse.

En definitiva deben de ser las personas, y no los centros comerciales, quienes determinen los días de felicidad, entonces sí podremos celebrar la solidaridad, la libertad y la justicia.

zzzzzzzzzzzzzzznochevieja

 

 

 

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