«Aquí cantó un argentino»

El recuerdo de la sala El Cóndor inspira el último documental de Luis Felipe Capellín

AIDA COLLADO GIJÓN.
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En los años setenta, aún hiriendo la dictadura, los llamados ‘espacios de libertad’ daban conocimiento y oxígeno a una España que, Luis Felipe Capellín recuerda «oscura y dura». Existían en Cimavilla. Eran pubs, donde se cantaban y recitaban canciones y poemas desconocidos para el público gijonés. «Allí, teníamos la sensación de que otro mundo, de que la libertad era posible», recuerda. Aunque esto, por aquel entonces, más que convencimiento era una esperanza, ya que la mayoría de las noches era la policía quien bajaba la persiana. Quienes se subían al escenario eran, muchas veces, sudamericanos. «Hoy se habla de xenofobia, pero lo que tenían que aguantar aquellos hombres, a los que se referían despectivamente como ‘sudacas’, pocos lo saben». Ni siquiera quienes admiraban su trabajo. Porque muchos conocían su voz, pero no la historia de represión que habían dejado atrás, antes de su nueva vida. Merecían y merecen justicia. Y reconocimiento. Lo primero, desde aquí, no puede dárseles. Demasiadas atrocidades, demasiado lejos. Lo segundo, sí. Y en eso andaba empeñado, desde hace años, Capellín. Ayer, al fin, presentó su película documental ‘El Cóndor’, que toma nombre de la mítica sala del barrio alto, donde muchos argentinos, en general, y Pablo Chabrol, en particular, descubrieron a los gijoneses autores «que mucha gente solo había oído nombrar en susurros». Obras que, muchas, venían del otro lado del océano. Pero también del puño de Miguel Hernández. De Lorca. De Alberti.

Ni siquiera el nombre del local era casual. La operación Cóndor, fue el plan de coordinación y apoyo que ejecutaron, con la asistencia de Estados Unidos, las cúpulas de las dictaduras de los países del Cono Sur de América, como Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay o Bolivia. Habiéndola sufrido, Pablo Chabrol dirigió la sala, entonces, y protagoniza, hoy, una cinta de 42 minutos, que profundiza en algunos de los momentos más duros de su vida.

Con las 120 butacas del salón de actos del Centro de Cultura Antiguo Instituto ocupadas y algún problema de aforo, comenzó la proyección de una película cuyo contenido solo Capellín y su nieto conocían.

Hasta el modo de grabarse fue poco habitual. En una de las comidas de amigos que unen, varias veces al año, al colaborador de EL COMERCIO y al cantante sudamericano, Capellín sacó la cámara. «Canta lo que tú cantas y cuenta lo que nos cuentas», le dijo. Tres horas de conversación, a bocajarro, en las que Chabrol narra cómo descubrió su propia conciencia política. Cómo él y su joven mujer, Cecilia, llegaron a Gijón, después que su hermana y su cuñado abriesen camino. Cómo le siguieron otros dos de sus ocho hermanos, a quienes en Cimavilla conocieron como ‘El Gordo y el Flaco’. Cómo ambos, en un viaje a Argentina, desaparecieron con tan solo 17 años de vida. «Desaparecieron, que es como se dice que los mataron». Cómo hizo las maletas de vuelta a casa para buscarles. También los buscó su padre, hasta desaparecer como ellos. Pero él volvió con vida. Fue el único.

Regreso a Gijón

Chabrol regresó a Gijón, esta vez, como exiliado. Se trajo a sus padres, a sus abuelos. Y, ya en los ochenta, recibió otra terrible noticia. Cecilia, que años antes había decidido volver a Córdoba (Argentina) y acabar Medicina, también desaparece, años después, del psiquiátrico en el que trabajaba, tras denunciar tremendas irregularidades. El caso sigue hoy sin resolver, pero no ha caído en el olvido. Para ella tiene un bonito recuerdo, que suena a guitarra, en la película. Le canta la canción de amor, sin conciencia de clase, sin implicaciones políticas, que le gustaba escuchar cuando tenía quince años, ‘Zamba de Alberdi’. También da sitio a su segunda esposa, Mila, «parte esencial de ‘El Cóndor’», insiste.

Las palabras y las canciones transcurren mientras los amigos del cantante y de Capellín preparaban la comida, ponían la mesa y charlaban amigablemente durante aquella cita de hace tres años. Cuando el hombre, al que muchos solo habían oído cantar, cuenta su historia. Parte de la Historia. «Si yo no vengo a Gijón, me muero», dice sin esconder el orgullo que da «ver que pusiste un granito de arena en la lucha por la democracia».

La voz de Chabrol da inicio y pone fin al documental con ‘Las coplas del payador perseguido’. Y acaba: «Tal vez alguno recuerde que aquí cantó un argentino». Tal vez.

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